Me encontraba mirando un águila en vuelo cuando por ninguna razón aparente empezó a ascender en espiral. Con sus poderosas alas, el gran pájaro se elevaba cada vez más, hasta que se disolvió en un puntito y luego desapareció.
Su vuelo me recordó las alentadoras palabras de Isaías: Aun los mancebos se fatigan y se cansan, y los jóvenes tropiezan y vacilan, pero los que esperan en el Señor renovaran sus fuerzas; se remontaran con alas como las águilas
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Isaías 40:30-31.
Las aflicciones y tragedias de la vida pueden poner fin a nuestra capacidad de recuperación, aguante y temple, y ponernos de rodillas. Pero si ponemos nuestra esperanza en el Señor y nos apoyamos en El, El renueva nuestra fuerza. La clave de nuestro aguante descansa en el intercambio de nuestros limitados recursos por la fortaleza sin límite de Dios. Y es nuestra con solo pedirla.
Con la fortaleza de Dios podemos correr y no cansarnos, ni siquiera cuando los días son ajetreados y exigentes. Con su fuerza podemos caminar y no fatigarnos, aunque la rutina tediosa y lerda haga que el camino parezca pesado y largo. El salmista exclamo en medio de su peregrinación fatigosa y lastimera: Cuan bienaventurado es el hombre cuyo poder está en ti
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Salmo 84:5.